
Hace unos meses, mientras tomaba mi café matutino; revisé mi correo, el periódico y eché un vistazo al facebook. Ahí encontré a Pedro Pablo, un viejo amigo del tiempo enel que trabajé en el Programa Nacional de Lectura de la Secretaría de Educación Pública. Tenía alrededor de cinco años sin verlo y, por supuesto, me dio gusto encontrarlo; pero más gusto saber que buscaba un asistente para trabajar en una biblioteca escolar. La ocasión no podía ser mejor: yo buscaba trabajo y añoraba laborar en una biblioteca desde que cursaba el bachillerato y comenzaba a frecuentar bibliotecas universitarias como la Central de la unam, la Daniel Cosío Villegas de El Colegio de México y la Samuel Ramos de la Facultad de Filosofía.
Así pues, gracias a una publicación en facebook y a la casualidad llegué a la Biblioteca del Colegio Bilbao, una oportunidad que muchos promotores de lectura desearían: trabajar directamente con los niños, sin duda los más ávidos lectores. Ya no se trataba de “imaginar posibles lectores”, como cuando parte de mi trabajo en la Secretaría de Educación Pública era conocer la oferta editorial de las Bibliotecas Escolares de Aula del país y hacer una propuesta de acervo. No, ahora se trataba de poner a prueba todas las teorías sobre cómo promover la lectura entre niños y jóvenes. Hasta ese momento, sólo había tenido dos experiencias directas en promoción de lectura: mis clases de literatura en bachillerato y la experiencia de leer para mi hija de siete años desde que nació. Ahora tendría que trabajar con niños de preescolar y primaria, así como con jóvenes de secundaria y preparatoria: todo un reto.

El Colegio Bilbao está situado en un espacio boscoso privilegiado en un pequeño pueblo en Cuajimalpa, es uno de esos lugares que “invitan” a estar. Tiene, además, el privilegio de contar con un espacio expresamente para su biblioteca escolar y un acervo aceptable para iniciar un trabajo de promoción de lectura. Sin embargo, sólo parte de los libros estaban clasificados físicamente y no existía ninguna base de datos: una de las tareas sería organizar el acervo físicamente y en un catálogo electrónico que permitiera su consulta. Pensé en utilizar la clasificación de bibliotecas escolares y de aula del Programa Nacional de Lectura, pero cuando fui explorando el acervo me di cuenta de que sólo me serviría para una parte. Debía explorar otras posibilidades. Mientras tanto, el trabajo directo con los niños no podía esperar.
Al sol solito1
Los primeros en visitar la biblioteca fueron los niños de preescolar: era la hora del recreo y entraron como marabunta, buscando “libros de dinosaurios”. Afortunadamente había varios títulos, los examinaron y cada quién escogió uno. Me pidieron “rentarlos”. Les expliqué que no rentaba libros, que los prestaba, y les propuse leerlos en la biblioteca, aunque se los llevaran a su casa. Eso los sorprendió.
—No sabemos leer.
—Claro que saben leer, hay muchas formas de leer. Además, yo puedo leer para ustedes.
—¿De verdad?
No lo podían creer: además de llevarse un libro a su casa, había alguien que podía leer con ellos. Comenzamos a leer el libro de dinosaurios y descubrí que había grandes conocedores del tema. Les pedí que fueran “leyendo” las imágenes y que me ayudaran a pronunciar los nombres difíciles que descubríamos en cada página. Creo que fue una experiencia agradable: desde ese día no falta algún niño de preescolar a la hora de su recreo. Claro, hay veces que lo que quieren es jugar, y pues jugamos, ¿qué forma más adecuada para aprender con los niños pequeños? Para mí, “trabajar” con ellos no es trabajar, es llenarme de una energía inigualable, es aprender, es recordar las cosas que me gustaban a su edad y hacerlas con ellos. Semanalmente leo con ellos en su salón de clases: a veces quieren leer sentados en mis piernas; a veces leemos tirados de panza en el suelo; a veces salimos al jardín y les pido que se acuesten y cierren los ojos para imaginarse la historia. En fin, ellos son una recompensa diaria.
Pasos de luna y Astrolabio
Los niños de los primeros grados de primaria visitan semanalmente la biblioteca, además de ir en sus descansos. Son tan pocos los años que los separan de
los preescolares y son tan distintos en algunas cosas: cuando pienso que alguna actividad que me ha resultado con los pequeños puede resultar con ellos, lo pienso dos veces o, de plano, le doy un giro que permita “subir el grado de dificultad”. Para las actividades en las que no sólo leemos, sino que hacemos juegos de palabras, adivinanzas, creación de historias, etcétera, tengo unas aliadas valiosísimas: sus maestras de español y de inglés. Gracias a su en-tusiasmo, el trabajo ha resultado muy gratificante. ¿Qué hacemos? Principalmente leer en voz alta. No sólo yo les leo, también hacemos turnos de lectura. En ocasiones jugamos: sus maestras y yo tratamos de construir aprendizajes significativos. Ellos nos piden jugar, pero detrás del juego aprenden muchas cosas relacionadas con el lenguaje, la historia, la naturaleza, etcétera, dependiendo del libro. Un día, por ejemplo, Nelson Mandela, de Ediciones Tecolote, nos dio la oportunidad de hablar sobre la libertad y la discriminación racial.
A partir de que comencé a leer con los niños de primaria, un trío de niñas maravillosas va todos los días a la biblioteca en la hora de su descanso. Como en
la biblioteca no pueden comer, escogemos una lectura y salgo con ellas al jardín: mientras toman su lunch, leo para ellas. De esta forma hemos leído novelas enteras: un capítulo diario. Antes de salir de vacaciones leímos El último refugio, de Roberto Inocentti; como les descubrió lecturas, han decidido que volviendo de vacaciones leeremos El barón rampante, de Italo Calvino. ¡Qué maravilla!, ¿no creen? Claro que no todos los niños son así, pero ésa es la maravilla, tratar de conocer a los lectores, indagar qué les gusta e intentar acercarles lecturas que los enamoren. No se tendrá éxito con todos, algunos de ellos sólo se acercarán a los libros por obligación, pero aquellos que no lo hagan se perderán de un mundo inimaginable, de un mundo propio en el que ningún libro es igual para todos los posibles lectores.
Espejo de Urania
Los adolescentes de secundaria representan un reto. Si bien, como en todos los grados escolares, hay asiduos lectores, la mayoría sólo lee por obligación, o no leen por rebeldía: los adultos se han encargado de decirles lo “bueno” que es leer y, claro, hay que hacer lo contrario. El hecho es que rara vez visitan la biblioteca, pero cuando lo hacen se despliega un mundo de posibilidades. Al principio pensé que bastaba con recordar mi historia lectora, pero ¡qué va! Ésta —como la de muchos de mis colegas y la de nuestros hijos que se formaron leyendo— no es común. Así que trato de seguir el camino del aprendizaje. Sí, trato de platicar con ellos, sin ser intrusiva, de descubrir qué les gusta; de no juzgarlos; y de entender por qué les gusta un libro, una película, un disco o, simplemente, por qué no pueden vivir sin su blackberry, su facebook y su twitter. Mi conclusión hasta ahora es triste: porque se sienten muy solos, porque sus padres no hablan con ellos, no saben lo que les gusta, lo que hacen, y porque la mayoría de los adultos pasa el tiempo descalificándolos. Así que cuando alguno de ellos llega a la biblioteca es mi oportunidad de hablar en un espacio “neutral”: puesto que no soy su profesora, pueden hablar más libremente. Y de repente sale un libro, una recomendación. A veces la aceptan y se llevan el ejemplar. Algunos otros proponen leer allí y leemos en voz alta, ya que esta lectura no es privilegio de los más pequeños. (Yo redescubrí lo mucho que me gusta que me lean cuando una noche, en el ritual diario de lectura con mi hija, me dijo: “Mami, ahora yo quiero leer para ti”.) Otros, simplemente quieren platicar. Y así como acepto jugar con los pequeños, acepto platicar con los grandes. Todavía tengo mucho trabajo por delante con ellos, pero creo que la base es el respeto mutuo y la oportunidad de conocerlos.
Ésta es una historia que tuvo su origen en facebook y tal vez pueda parecer una contradicción: buscar promotores de lectura en una red social donde más de un amigo ha publicado “menos face y más book”.
No creo en la muerte del libro a manos de los medios electrónicos: hay lectores para todo y uno no excluye al otro. Idealmente, un lector del siglo xxi accede a distintas lecturas y a distintas formas de leer. Ésa es la tarea básica de un promotor de lectura: “buscar la feliz coincidencia entre un lector y un libro”, sin importar el medio, así como la feliz coincidencia de encontrar a un amigo en una red social. ![]()
1 Los subtítulos corresponden a la clasificación por series de los Libros del Rincón: Al sol solito, para los más pequeños; Pasos de luna, para los primeros lectores; Astrolabio; para la primaria alta y Espejo de Urania para secundaria.






