Poesía infantil de pies a cabeza

(Segunda parte y final)
En el número anterior, a partir del libro Hago de voz un cuerpo, el autor desglosó la poesía infantil que se publica en México. En esta entrega se enfoca en el libro que propició dicho recuento.
Hago de voz un cuerpo (fce, 2007) es una antología de María Baranda que contiene obra de 15 poetas mexicanos contemporáneos: David Huerta, Francisco Hinojosa, Eduardo Langagne, Francisco Segovia, Fabio Morábito, Héctor Carreto, Coral Bracho, Alfonso D’Aquino, Elsa Cross, María Baranda, Dana Gelinas, Natalia Toledo, Eduardo Hurtado, Edgar Valencia y Antonio Deltoro. Los poemas van, literalmente, de cabeza a pies y no de los pies a la cabeza como sería costumbre. La mayoría de los poetas nacieron en la década de los cincuenta del siglo pasado, algunos son ganadores del premio de poesía Aguascalientes, el de mayor prestigio de este género en México (Langagne, Gelinas, Carreto, Deltoro, Morábito, Baranda).
La mayoría de estos autores ha escrito previamente textos para niños. El más conocido en este campo es Francisco Hinojosa, con libros de cuentos como La peor señora del mundo, A golpe de calcetín y La fabulosa fórmula del profesor Funes, entre muchos otros; Francisco Segovia tiene editadas traducciones muy libres de El país de Jauja y Huevos de pascua con dibujos de Kasparavicius en el mismo fce; ya mencioné los libros de Elsa Cross y Coral Bracho en cidcli. María Baranda ganó el premio Barco de Vapor en 2003 por Silena y la caja de secretos, y ha publicado recientemente Sol de los amigos en ediciones El Naranjo; Natalia Toledo publicó textos para niños con obra gráfica de Francisco Toledo. Antonio Deltoro apareció en la antología Kikiri miau, cidcli le editó La Plaza y es autor de un poema sencillo y hermoso que podría aparecer en cualquier antología de literatura infantil: Balero “Hacer subir por el aire un agujero”, que emula “El Faro”, de Gorostiza, donde el título del poema hace a la vez de primer verso. En este poema de Deltoro la rima que hace es un agregado más de calidad. David Huerta, además de su prestigio como poeta y ensayista, tenía una antología preparada para niños que nunca se publicó. Para el fce dio un taller denominado La poesía y los niños y fue jurado del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños en su primera edición. Con estos antecedentes se pensaría garantizado un buen conjunto de poemas, el resultado final es muy desigual. Es casi seguro que os oemas se hicieron a solicitud de María aranda. sto s siempre un arma de dos filos. Vemos que hay poetas que repiten poema, como Francisco Segovia, Natalia Toledo, Alfonso D’Aquino y la propia Baranda, y aunque supongamos alguna causa, no sabría decir la razón (en el libro no viene un prólogo informativo ni datos de los autores). Podríamos suponer que a la hora de repartirse el cuerpo del delito a alguno le tocó doble ración. Sin lugar a dudas, éste es un libro que es como el juego del cadáver exquisito: un cuerpo hecho no a varias manos sino a varias voces, como sugiere el título del conjunto de poemas. Un cuerpo collage. Hay variedad de estilos, lo que lo hace un volumen diverso con diferentes tonos y timbres para seguir con la analogía de la voz. No es un coro lo que escuchamos, a fin de cuentas, sino solistas.
El poema que más disfruté fue “Pelos de bruja”, de Francisco Segovia, que no se siente escrito especialmente para la antología y que salta por su frescura y gracia. Es juguetón, simpático, y nos dice de las inquietudes de Segovia por seres nocturnos como los vampiros, aunque aquí se trate de una bruja. Escrito en versos octosílabos pareados con rima y tercetos, Segovia va describiendo al personaje siniestro haciendo referencia a la carencia de cabello en el cuerpo y el que hay en lugares más desagradables, como lunares, nariz y orejas. Como la bruja del son jarocho, Segovia cuenta que ésta se chupó a su marido. El poema termina con la bruja acechando al lector sea niña o niño. Dice Paz que si no se sabe reír con el poema no se sabe lo que es un poema y con “Pelos de bruja” sonreímos y tememos morirnos de risa.

Cuando recién compré el libro y vi de qué trataba pensé con cierta perversión si se haría referencia a los genitales. Natalia Toledo es quien se encarga de poetizar al pene y la vagina en los poemas “La flor de los niños” y “La flor de las niñas”, que además se presentan en español y zapoteco. Escribe Toledo en “La flor de los niños”: Un pito es una caña que se eleva en el cielo/ para romper la piñata de los dulces,/ una tortuga que siembra semillas en la tierra del mundo/ […] es sobre todo un espantasuegras en la boca del viento. Versículos eróticos, escritos con picardía y malicia. En “La flor de las niñas” se lee: Parece un ombligo de pescado/ un horno de barro y su lumbre/ flor de chocolate. Bellísimas metáforas políticamente incorrectas pero poéticamente acertadas. Otro poema divertido y que seguro los niños disfrutarán y se reirán mucho con él es el titulado “Una nariz pegada” de Eduardo Langagne, que por supuesto habla de los mocos, sean secos o escurridizos, en el cual los mocos son caballeros y la nariz el asilo donde se meten los dedos. La estructura está hecha de dos décimas en versos octosílabos pareados, con rima ab ba ac cd dc la primera décima y la siguiente ef fg gh hi ih. Poema que me recordó otro publicado por el fce, El libro apestoso y el Topito Birolo, textos escatológicos que son éxitos entre los lectores pequeños. El poema de David Huerta está escrito en cuartetos octosílabos con rima. Es de agradecer que varios de los poemas que contiene el libro tomen como recurso la rima, que ayuda a la memoria de los poemas (Huerta recomienda memorizar los poemas que más nos gusten para llevarlos con nosotros, para que nos acompañen), da juego, musicalidad y muestran, en estos casos, que no hay una relación directa con la cursilería ni se oyen anacrónicas. Huerta es un poeta neobarroco que privilegia la inteligencia sin dejar de lado el sentimiento, como en su último poemario La calle blanca. Por eso, no me resulta extraño que escriba el poema que se refiere a la cabeza donde dice que ésta guarda una centella y que la atraviesan golondrinas, serpentinas y mundos sin peso. La cabeza no hay que perderla, aconseja, porque, sea ésta pensamiento, inteligencia, conocimiento o imaginación: “(Quizá es tu mejor amigo…)”. Otros poemas que habría que resaltar son “El centro del mundo”, de Elsa Cross, que habla del ombligo: Mi hermana Gabriela/ se puso un arete en el ombligo/ ¿pensará que es su oreja?; “Tambor de sol”, de Alfonso D’Aquino; “La alegría de la rodilla”, de Edgar Valencia; “Las uñas”, de Dana Gelinas, que señala de lo que se pueden llenar, según los diferentes usos de éstas (mocos, cerilla, sangre y caspa); “Mis brazos”, de María Baranda, y “La lengua vive en la boca”, de Francisco Segovia, donde escribe que, como una almeja, la lengua cultiva una perla que es la idea convertida en palabra. Sin embargo, otros poemas como los de Morábito, Hinojosa, Carreto, Bracho, se vuelven confusos o carecen de la gracia o astucia que los poemas de su obra personal poseen.
Aun cuando es un recurso común de los poetas escribir series de poemas sobre un tema para lograr un libro con hilo conductor, muchas veces esto resulta contraproducente: se pierde espontaneidad. Otro peligro que se corre en este tipo de antologías es que al pedir el poema, aunque no sea tan bueno el texto que se recibe, se tenga que publicar. Éstos son algunos de los pecados de este libro. Se sabe que no todos los escritores, por el sólo hecho de serlo, tienen que ser polígrafos. Ni todos los poetas por serlo pueden escribir poesía para niños. Quizá, incluso, hayan escrito mejores poemas para niños en sus obras personales sin saberlo.
No hay que subestimar los géneros infantiles, aunque se tenga el oficio, la poesía infantil es un subgénero distinto y habrá quienes puedan transitar de un lado a otro sin problemas, así como los que sólo puedan estar de un lado, sin queeste hecho los haga mejores o peores creadores. ![]()






