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Recuento 2010 hacía un país de lectores

Zazil Collins. Escritora.

recuento

Mínimo recuento de lo vivido en materia de lectura durante el año recién finalizado. Una vez más, acudamos al lugar común, la memoria: quien olvida su pasado está condenado a repetirlo.

 

 

De acuerdo con la Encuesta nacional de hábitos, prácticas y consumo culturales —fechada en agosto de 2010—, durante el año el fomento de la lectura y, por ende, la escritura fue irrelevante. El balde de agua fría así nos empapa: de entre los encuestados, el 0.5% se dedica al estudio técnico o académico relacionado con la literatura. La metodología (no aclarada en el documento público, ni el perfil sociodemográfico) siempre será cuestionable cuando se trate de encuestas y cifras en estudios de ciencias sociales, pero, sin duda, apabulla.


Sin embargo, en la xxiv Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de las más grandes del mundo y en la que participaron casas editoriales de 40 países, la actividad se resumió como "intensa". Y a pesar de las variadas ventas nocturnas en distintos sellos editoriales, las innumerables ferias y presentaciones de libros, los mexicanos leemos 2.9 libros al año; pero los españoles 7.7 y los alemanes 12.


Mientras se perfila la homologación de varias secretarías de cultura a la Secretaría de Educación Pública (sep), Alonso Lujambio sentenció en agosto que "necesitamos una nueva lectura, una nueva cultura de lectura". Para ello, se presentaron los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora para los alumnos de educación básica, en los que se sugiere a los padres de familia ser partícipes del proceso educativo y que dediquen, al día, 20 minutos de lectura en voz alta con sus hijos, es decir, impulsar la socialización lectora. Así mismo, el escritor Felipe Garrido, de la Academia Mexicana de la Lengua, enfatizó la lectura diaria en este panorama. Sin embargo, frente a los números y el panorama general del país, la iniciativa parece escuálida, ya que es la población adulta la que se encuentra en un limbo lector.


Casi la cuarta parte de los encuestados por Conaculta no tienen un libro en casa, ni siquiera un diccionario o biblia, y el 38% declara tener entre 1 y 10 libros en casa. Ni imaginar una biblioteca. El 93% no ha escrito (hablando del proceso creativo) nada. Y del escaso porcentaje de lectores (27%), sólo el 13% ha leído completo el libro en cuestión.

 

Un tema que atañe a una publicación periódica como L de lectura: de quienes leen revistas, el 31% las consume de espectáculos y deportes. Y pareciera mentira en un país de lectores de pasquines que sólo 2% compra revistas para adultos. Quizá es que, analizando bien algunas respuestas, los resultados son dudosos. No es que el horizonte sea más óptimo. Podría ser peor; más si leemos la respuesta de en dónde compra sus libros nuestra escasa población lectora, pues a pesar de los altos índices de piratería (fotocopiado y/o reproducción para su venta en puestos ambulantes), el 67% acude a librerías.


Para ese 67%, desde julio entró en marcha el precio único del libro, como parte de la Ley de Fomento para el Libro y la Lectura (promulgada en 2008), que en su artículo 22 establece la obligación a las editoriales y librerías para que fijen, libremente, el precio único de venta al público de sus libros (impresos y electrónicos), lo que puede ser un impulso para las ventas del libro y evitar abusos —aplica también para importaciones—. Dichos precios pueden consultarse en una base de datos pública del Sistema de Registro del Precio Único de Venta al Público, del Consejo Nacional de Fomento para el Libro y la Lectura.


Hay acciones de aliento. Por ejemplo, la incursión en el país de editoriales de libros electrónicos a bajo costo, en relación con los impresos. Pero los efectos de estos proyectos  esperan observarse hasta el siguiente año, ya que, hasta ahora, el porcentaje de ventas de libros digitales es menor. Casi todos, según los lectores mexicanos, son comprados, prestados o regalados.


La Ley Televisa y la lucha por el poder en México, de Javier Esteinou Madrid y Alma Rosa Alva de la Selva, es una novedad editorial de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero parece el nombre del nuevo régimen sociocultural.


La Encuesta Nacional de Lectura del 2006 —última, hasta el momento—, realizada por el Área de Investigación Aplicada y Opinión, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), sólo nos recuerda que hay retrasos en materia de fomento educativo: de acceso a la información (bibliotecas virtuales, equipo de cómputo), de pérdida de confianza en las instituciones encargadas del fomento de la lectura, etcétera.


México participa en un grupo permanente del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (cerlalc) de la Unesco, y resulta ser uno de los Estados más destacados, junto con Brasil, gracias a la actividad estatal en esta materia, sin embargo queda en el aire la pregunta: ¿cuál es la agenda del rescate educativo? ¿Cómo impacta al país la lectura, si se sabe que se prefiere leer libros de superación personal o fenómenos paranormales por encima de la poesía o la literatura infantil? ¿Sirve al país que las habilidades lectoras de niños y adolescentes se enfoquen en un estándar de palabras por minuto, si lo que leerán es considerada literatura light, o si no se inculcará el hábito y la sorpresa por leer? Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla  se reciben comentarios. L

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