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Juan García Tapia. Editor.

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Desde la envoltura hasta el espacio despejado en su librero, de los bosques ahorrados a lo inocuo de la tinta electrónica para los ojos, el autor comparte su experiencia, reflexiona sobre la romántica resistencia al cambio y apunta: “El Kindle y sus homólogos no harán leer a quien no lo ha hecho nunca, pero es la delicia de los lectores consuetudinarios”.

 

Hay una especie de infundado romanticismo que se resiste a reconocer en los electrónicos y las novedades científicas una compañía ya inevitable en el paso por el mundo de estos habitantes del siglo xxi. Está fundado en pareceres y corazonadas, en convicciones de carácter personal y subjetivo, en una sensiblería conservadora. Es el mismo que se escandalizó con la llegada del video y la televisión, en contraposición con la artesanal fotografía y la entrañable radio. Este romanticismo incurable —y no siempre bien sobrellevado, pues, como todo fanatismo, responde ardorosamente a las interrogantes sobre sus razones— es precisamente el que está rechazando la inminente convivencia que hemos de tener con los libros electrónicos.


De hecho, yo mismo sentí rechazo cuando hace nueve meses recibí mi Kindle, el lector de libros electrónicos de la tienda en línea Amazon, y algo me dijo que debía darme un tiempo para emitir una opinión más o menos cuerda. Cuando lo abrí, me pareció una calculadora vieja; me desanimé: hubiera optado por el de color blanco... Tuve algunos problemillas con el formato y la carga de los archivos que iba a meter en su memoria interna, que soporta alrededor de 3 000 libros. Lo resolví, no obstante, y de inmediato me sedujo. Lo empecé a utilizar incluso durante los tiempos muertos: en las antesalas y las salas de espera, durante los atascos, en los viajes y mientras espero por la comida o por un trámite.


kindelePPesa menos de un cuarto de kilo. Se pueden escoger tres diferentes anchuras de la caja de texto y tamaños graduales de la letra. Permite seleccionar  —subrayar, pues— y distribuir lo seleccionado en una red social o a través del correo electrónico; también existen ya clubes de lectura virtuales en donde compartir un pensamiento o todo un párrafo. Soporta la creación de colecciones, por ejemplo, de un solo autor o de un tema específico, como un conjunto de leyes. Al igual que la tinta tradicional, no se lee si no hay luz; esto quiere decir que no lastima la vista como las pantallas de las computadoras. Memoriza la página en que uno se ha quedado, incluso si se están leyendo o consultando varios libros a la vez. La batería, con el artefacto todo el tiempo encendido, puede durar más de una semana; se recarga completamente en menos de dos horas.


No sirve para mayor cosa que leer y sólo leer. Se trata en realidad de un libro de bolsillo que contiene muchos libros (suena enigmático, ¿no?, entre medieval y borgesiano). El costo se amortizó en los primeros cuatro o cinco libros que ya no tuve que comprar materialmente y que, una vez leídos, habrían de exigir un lugar en cualquiera de mis espacios, para quedar pendientes de préstamo o de una improbable vuelta a ellos con objeto de una consulta, en tanto se mantendrían exigiendo continuamente el roce de un plumero.


Sé que muchos lectores profesionales consideran la lectura como un ritual.


Es comprensible, porque el conocimiento siempre ha conllevado cierta metempsicosis; uno no es el mismo después de algunas buenas páginas.


Así también la habrán considerado los amanuenses que antiguamente redactaban en los papiros, y que seguramente se escandalizarían ahora de ver estrujadas las grandes ideas que los guiaron en un conjunto de hojas, de tamaño uniforme y cosidas o pegadas por un solo lado, como lo es el libro impreso. Empero, en este formato aprendimos y nos educamos los que fuimos a la escuela, es el que pasa por las manos de millones de lectores y difícilmente consideraríamos que el vehículo educativo por excelencia tuviera otra forma. Sin embargo, un libro no es valioso simplemente por haberse producido y exhibirse en los estantes, como tampoco lo son la gran mayoría de los que se ofrecen en la red por presentarse en formato digital.


Me sorprende que ese romanticismo bobalicón, que también lamenta los menoscabos de la naturaleza por la intervención humana, no vislumbre en los libros electrónicos una ventaja para los árboles y el petróleo. Y un gran ahorro económico. El mismo libro cuesta alrededor de diez dólares en formato digital y casi treinta en papel. Cualquier autor puede ofrecer directamente su obra en formato virtual sin necesidad de cargar con los porcentajes de los editores, los impresores y los distribuidores. Existen, además, millones de libros que ya no generan derechos y se comparten gratuitamente en muchas páginas web. En español, desde luego, aunque la mayoría están dirigidos a los lectores de habla inglesa.


Kindle significa encender y, en sentido figurado, provocar. También inflamar, despertar y dar. Por supuesto que la empresa busca la comercialización de los libros digitales, sobre todo de los más novedosos y que más se venden: autoayuda, esoterismo, novela rosa, revelaciones de los políticos y confesiones de los personajes de la televisión. El gancho es el ofrecimiento de contenidos gratuitos. Como en cualquier supermercado, uno escoge lo que guste, de acuerdo a su necesidad y su presupuesto.


Se calcula que sólo lee, como parte de un hábito educativo, el 10% de la población mundial, y que, claro, estos lectores están concentrados en los países desarrollados, es decir, en donde contaron con la oportunidad inicial de acudir a una escuela, la capacidad económica para comprar libros y el privilegio de convivir con personas que comparten este interés. La cultura y el conocimiento científico, si no se dialogan, si no se cuestionan continuamente, van perdiendo la energía con que se erigen las civilizaciones.


El invento de la tinta electrónica y su comercialización a través de estos aparatos se ha concentrado de momento justamente en el acto de leer, debido a que en los libros se encuentra tanto el conocimiento anímico como la organización reglamentaria de los bienes materiales e intangibles a los que cualquier persona tiene derecho y tarde o temprano desea para sí y los suyos. Esto quiere decir que, aunque ese 10% lee por gusto y vocación, en muchas ocasiones debemos hacerlo por la necesidad, leyes en mano, de defendernos. Pero falta la contraparte: que existan aparatos con tinta electrónica para escribir. Las pantallas de las computadoras y las laptop se han convertido en una amenaza a la vez lenta y letal para los ojos.


El acto de escribir consiste en hacer un homenaje a lo leído, casi siempre de manera inconsciente. Escribir literatura es repetir lo aprendido, darle vueltas a los temas de siempre con una perspectiva, un lenguaje y una interpretación propias de las circunstancias con que ese viejo hecho se desarrolló teniéndonos como sus testigos reales o imaginarios.


Hay una valiosa ingenuidad en el acto de crear literatura: creer que se está relatando algo nuevo, que nuestro poema ha logrado convocar dos palabras que antes nunca lo habían estado, que tal o cual idea no está expresada todavía con la suficiencia con que uno la ha propuesto, que se ha dado con una estructura narrativa originalísima. Etcétera. Ésta es una de las razones de la ambigüedad del prestigio literario. Son muy pocos, de entre quienes gozan de él, los que están conscientes de que su reconocimiento tiene mucho de contingente y de aleatorio. Sospecho que, cuando esto se descubre y se asimila sin problema (porque una cosa no lleva necesariamente a la otra), el autor se hace cada vez mejor.


En este sentido, sería ideal contar con algo así como una máquina de escribir con tinta e-lectrónica que consumiera watts mejor que paquetes y más paquetes de hojas en blanco, lo cual es habitual en las oficinas donde las secretarias duran toda la semana para terminar un oficio. Si el Kindle depende de la electricidad, el libro tradicional sigue dependiendo vorazmente del papel, o sea, de los árboles y de algunos derivados del petróleo. Extraño, pero también celebrable, que este aparato de pantalla monocromática, con capacidad para una única tarea, se esté vendiendo igual o hasta más que los gadgets más atractivos, de pantalla polícroma y con capacidad multitarea.


El acto de escribir no ha de cesar: la organización administrativa del mundo exige continuamente la producción de documentos y es igualmente inagotable el animus narrandi de los escritores.


No se trata de ensalzar, también bobaliconamente, un triunfo de la tecnología por su sola aparición. Es el iPad el aparato más bonito que conozco desde hace diez o quince años que comenzó todo este boom de los gadgets, pero no he hallado de qué manera me podría ayudar a producir contenidos trascendentes (jurídicos, literarios, administrativos), hojas de cálculo y bases de datos, a leer siquiera con comodidad, y no sólo a entretenerme con contenidos de moda que no me encienden, ni me provocan, ni me inflaman ni me despiertan.


El Kindle y sus homólogos no harán leer a quien no lo ha hecho nunca, pero es la delicia de los lectores consuetudinarios. Me gustaría imaginar que en un futuro la pantalla será doblable y desdoblable, lo que lo convertiría en un auténtico libro del bolsillo trasero. Y no tiene por objeto derrocar al libro tradicional: todavía hoy conviven, armoniosamente, la licuadora y el metate.L

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