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Humanismo en tiempo futuro. Apuntes sobre ciencia ficción

Nicolas Ruiz Berruecos Estudiante. unam .

La vertiente futurista de la ciencia ficción reflexiona “sobre nuestra obsesión frenética y creativa por el futuro: El vacío, la muerte, la nada nos acecha con la condena de nuestra mortalidad consciente y la comprensión o el atisbo de lo que nos está prohibido, de lo que no podemos entender ni abarcar, nos persigue y nos intriga".

 

Existen numerosas corrientes dentro del género literario de la ciencia ficción. Desde el más desprestigiado cosmowestern hasta el ciberpunk, pasando por la fantasía heroica y la ópera espacial. Entre estos numerosos subgéneros encontramos relatos de pasados alternativos —Watchmen, de Alan Moore— o de invasiones a tiempos revolucionados —Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain.

Sin embargo, nunca nada capturará más el espíritu humano que los escritos de anticipación y el futurismo especulativo en tan popular género. Encontramos incluso en novelas de época un intenso interés por el desplazamiento hacia el futuro, por las visiones del futuro: un ejemplo sería la magistral novela gráfica Desde el infierno, de Alan Moore, en la que a través de asesinatos rituales Jack el Destripador viaja en el tiempo con visiones premonitorias sobre el siglo naciente.

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Podemos hacer un simple ejercicio: cuando nos hablan de ciencia ficción pensamos más en alienígenas y vuelos interestela-res que en alienígenas y máquinas de vapor. Las dos corrientes existen, pero es verdad que nuestro interés se centra más, con este tipo de escritos literarios, en la anticipación, en el tiempo futuro, en lo inasible de la temporalidad… Por algo la máquina de H. G. Wells se aventuró hasta el fin de los tiempos y nunca se interesó por los orígenes del hombre.


Nos podrían objetar que muchos de estos universos futuristas no son futuros en sí, sino dimensiones paralelas o mundos ocultos, tal vez simultáneos o an-teriores en el tiempo —el caso de las películas de Star Wars, por ejemplo, o de El mundo perdido, de Conan Doyle—; sin embargo, el interés es fundamentalmente el mismo, y los temas son, a grandes rasgos, idénticos: ¿no son las lejanas civilizaciones de increíbles avances tecnológicos y los mundos ocultos igualmente desconocidos e inabarcables que el futuro? En efecto, se trata en ambos casos de universos potenciales y necesariamente ocultos, inalcanzables, tienen que estar cubiertos por el mismo halo de misterio que nos intriga del futuro.


Pero, ¿por qué nos intriga de esta forma el futuro? ¿Por qué fantaseamos sobre un tiempo inalcanzable, sobre esta ficción de tiempo? Es evidente que no existe una respuesta certera a tan vastas y complejas preguntas. Sin embargo, podemos encontrar algunos argumentos interesantes que nos permitirán reflexionar brevemente sobre nuestra obsesión frenética y creativa.


Entre el pasado y el presente existe una conexión intrínseca de causa y consecuencia que parte de nuestra forma de pensar la temporalidad. Nuestra concepción lineal del tiempo, representada con una recta en la que el presente sería el eterno —movible y estable— centro con el pasado por detrás y el futuro por delante, dicta una cierta lógica casual en las explicaciones del presente: básicamente, si estamos así, si estamos aquí, es porque algo sucedió antes, es porque alguien hizo algo antes y se desencadenó una serie de consecuencias que llegan hasta nuestro presente. La siempre inquietante paradoja del huevo y la gallina nace precisamente de esta forma occidental de organizar el tiempo, de pensar nuestra situación temporal —porque al tiempo siempre lo pensamos como espacio—, de organizar nuestra vida y el transcurso en una serie de consecuciones lógicas.

 

Otras civilizaciones consideraron el tiempo de forma distinta, por ejemplo, como un río que fluye contra nuestra espalda: el futuro siempre atrás de nosotros, no lo podemos ver y simplemente sigue llegando, y el pasado, como condena, animal grotesco, siempre frente a nosotros, siempre visible, escurriéndo-se. Este encadenamiento lógico del tiempo nos lleva a pensar que todo potencial futuro será la obra de nuestras acciones presentes.


Así, hablar del futuro, imaginar el futuro, escribir el futuro, leer el futuro siempre ha sido y siempre será una manera de dialogar con nuestro presente, de resaltarlo, de acordarle una importancia a nuestros actos, a nuestra vida. La ciencia ficción en sus constantes proyecciones al futuro, rara vez de forma ingenua, habla del presente y con el presente. No es así una casualidad encontrar en la época de la revolución industrial numerosos escritos de una prometedora ciencia ficción optimista que soñaba con una vida mejor en la automatización de los servicios básicos y los cotidianos vuelos aéreos individuales. Ni encontrar en una época y un país con una dura represión política a manos de una intransigente monarquía a un gran utopista —y tal vez de los primeros escritores de ciencia ficción— como Cyrano de Bergerac. No es tampoco una casualidad que después de la bomba nuclear los cuentos de anticipación dejaran el optimismo de principios del siglo xx y de los gloriosos años treinta y lo sustituyeran por una amarga visión apocalíptica del futuro: Vendrán lluvias suaves, de Ray Bradbury, o la serie de la súper computadora Multivac, de Isaac Asimov, son dos ejemplos clásicos de la ciencia ficción de la llamada “era nuclear” por Kendell Foster Crossen y Charles Neutzel.


Este mismo tipo de fenómeno lo podemos observar hoy en día, después de una enorme ansiedad por el medio ambiente y nuestro impacto en la naturaleza, con la proliferación de un cine apocalíptico con grandes éxitos taquilleros de grandes productoras americanas: el apocalipsis ecológico de El día después de mañana y de El fin de los tiempos son dos ejemplos claros.


Es evidente entonces que la ciencia ficción trata, en las proyecciones de un tiempo futuro, con punzantes preocupaciones del presente. Los ejemplos son numerosísimos y sería tal vez extenuante y poco exhaustivo intentar catalogarlos aquí. Sin embargo, podemos discutir algunos de los más célebres títulos. Frente a la potencial inestabilidad de la idea de democracia y después de la subida al poder de numerosos fascismos alrededor del mundo, se escribieron libros en los que se narraba un futuro totalitario: Un mundo feliz de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick y Fahrenheit 541, de Ray Bradbury son cuatro de los ejemplos más frecuentemente citados.


Frente a la automatización de la vida cotidiana y la creciente dependencia del ser humano con las máquinas, se escribieron novelas sobre la revolución de los androides y las paradojas de su existencia: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, Yo robot, de Asimov y 2001, odisea en el espacio, de Arthur C. Clarke son los ejemplos más célebres por sus exitosas adaptaciones a la pantalla grande.


Ahora bien, nuestro interés sobre el misterioso futuro no reposa únicamente en su indudable vínculo con el presente. Existe una atracción fundamental en el hombre hacia lo desconocido y la ciencia es justamente una de sus manifestaciones, al igual que lo son las religiones y la literatura. Todas estas disciplinas —por llamarlas, en conjunto, de alguna manera— buscan aproximarse a lo inalcanzable, expresar lo que no se puede expresar, observando lo invisible, nombrando el vacío. El vacío, la muerte, la nada —res nata, literalmente: ahí donde no hay algo— nos acecha con la condena de nuestra mortalidad consciente, y la comprensión o el atisbo de lo que nos está prohibido, de lo que no podemos entender ni abarcar, nos persigue y nos intriga.


Las proyecciones, las anticipaciones, las especulaciones, el tiempo manipulable de la literatura en la ciencia ficción nos permiten un contacto con lo que se nos prohíbe esencialmente con nuestra mortalidad: el futuro. La ciencia ficción enfrenta al hombre con sus límites, los imagina y los regresa en eco literario. Los límites temporales del hombre jugando en literatura con el tiempo, los límites espaciales del hombre jugando en literatura con los medios físicos de desplazamiento de los que dispone.


La magistral novela Solaris, de Stanislaw Lem, nos enfrenta incluso con los límites de nuestro intelecto, de nuestra capacidad para comprender lo extraño, para abarcar lo externo. Al enfrentarnos con una forma de vida que nos es totalmente ajena e inabarcable —a saber, un planeta consciente que responde de forma extrañamente violenta al contacto humano—, Lem cuestiona el universo de conocimiento que sustenta nuestro acercamiento al mundo. De cualquier manera, en crítica al presente, en futuros utópicos o en distopías, la ciencia ficción tiene en su centro una ferviente preocupación por el hombre y por la colectividad humana. Las fobias y miedos de una sociedad, las angustias fundamentales del hombre se reflejan en sus descripciones del futuro, en cómo ve un mundo que no compartirá, que lo trascenderá y que legará en consecuencia de sus actos a las generaciones por venir.


La ciencia ficción, al fijar en el futuro uno de sus más grandes intereses, se voltea hacia la vida humana, estigma del tiempo. En vista de todo lo anterior y hablando de la responsabilidad de una lógica temporal humana que se basa en la consecuencia de los actos presentes, podemos decir, sin voluntad de molestar demasiado a Sartre, que la ciencia ficción, en su juego con el tiempo, también es un humanismo…L

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